Por Araceli López Méndez R.Sc.P.
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Si queridos lectores, creo que la vida es un viaje. Recuerdo cuando realicé mi primer viaje sola al extranjero. Realmente llevaba una enooooooorme maleta. ¡En ella tenía varios zapatos, bolsas, vestidos para varias ocasiones, traje de baño, pantalones, blusas, faldas, ropa interior y dos o tres pijamas, pantuflas desde luego, ¡¡¡ah!! y unas sandalias monas por si había que ir a la playa.
Desde luego, no podía faltar el perfume, accesorios, maquillaje, secadora de pelo, peine, cepillo, artículos de tocador y baño.
Adyacente a esto, regresé con maleta extra por todo aquello que va uno comprando en el camino.
Dioses, que pesado era todo aquello para mí. Que desgastante subir, bajar, empacar, avión, escaleras, y otros detalles. Disfruté del viaje parcialmente gracias a este arguende.
¡¡¡En mi segundo viaje, eureka!!! mucho más cómoda, la mitad de lo que llevé la primera vez. Tercer viaje, una cuarta parte de la primera experiencia. Mi más reciente viaje y estancia en Toronto por seis meses, maravilloso, una maleta mediana y listo.
Para una servidora, este es un claro ejemplo de la forma en que en que solemos viajar por la vida. Cargamos con situaciones y gente demasiado pesadas para llevar a cuestas. Traemos en esa maleta un exceso de equipaje en culpa, miedo, vergüenza, conjeturas, etc., etc. Físicamente, esto provoca que nuestra columna vertebral se deteriore, nos salga joroba, nos encorvemos, nuestros hombros duelan, nuestras piernas y pies se cansen y nos sintamos fatigados, tal y como cuando cargamos una maleta llena de objetos inútiles para un viaje corto.
Emocionalmente, estamos desorientados, inconformes, frustrados y amargaditos. No disfrutamos del viaje que es la vida. Todo lo enjuiciamos y nos creemos dueños de la verdad absoluta. Vemos como enemigos a aquellos que difieren de nuestra opinión, sin ver que únicamente piensan diferente.
No conforme con todo esto, adquirimos más y más situaciones en el transcurso de la vida y forzosamente, repercute en nuestra parte espiritual, es decir, experimentamos un vacío que no podemos llenar con cosas externas.
Hoy he aprendido que la mejor forma de viajar por la vida, es ligera, adaptándome a los horarios e itinerarios que yo elijo y también a los que la vida me impone.
Cambiando de actitud y aprendiendo de las lecciones. Viajando con una maleta verdaderamente práctica, con artículos valiosos como la decisión y la confianza a pesar del miedo; como el perdón, la fortaleza y el amor por encima del rencor y la venganza.
Viva este viaje sin fin que es la vida y que tiene mucho por escudriñar, mucho por asombrarnos y mucho por enseñarnos. Disfrutemos de la vida tal y como un viaje a otros lugares. Gocemos de sus sabores, de sus colores, de sus paisajes, de los encuentros, de su gente, de sus ambientes, de sus costumbres y “a donde fueres,
haz lo que vieres”.
Namasté.
AFIRMACIÓN: Hoy elijo viajar ligero por la vida; libre y dócil, sin resistencia, sin temor, sólo con amor y comprensión ¡Y ASI ES!
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