Por Araceli López Méndez R.Sc.P.
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Me parece que es muy importante conocer o tener un maestr@, mentor/a, consejer@, asesor/a, psicólog@, gurú o de los múltiples nombres que se le puede llamar a un guía y quien nos dé a conocer la verdad espiritual y humana de nosotr@ a través de una filosofía y/o religión, de la manera o forma con la que cada un@ fluya mejor y sienta una verdadera conexión de amor y que genere un vínculo con nuestro poder interno, y, del cual, extraigamos el sentido común y la sabiduría junto con todas las cualidades divinas que por default nos pertenecen y a las cuales tenemos derecho de disfrutar.
Humanamente, l@s mensajer@s que nos comparten del conocimiento y quienes nos ayudan a cambiar nuestros pensamientos, nuestras decisiones, nuestra cotidianidad, nuestra vida, se convierten en muchos casos, en la “única” voz que debemos seguir, la entidad especial que nos puede convertir en ese ser maravilloso que tanto anhelamos. En algunas ocasiones hasta son motivo de adoración e idolatría, y, aunque ni siquiera sea el propósito o la intención de etas almas, somos nosotros quienes los queremos ver como alguien perfect@ o casi perfect@. No obstante, en el primer momento en que ocurre una diferencia o un error con el o la coach en cuestión, esa admiración o respeto
empiezan a disminuir o tal vez a desaparecer, dado que es muy fácil olvidar que esa persona es justo eso, una persona y evidentemente es human@. Lo más complicado del tema es llegar al fanatismo y con el riesgo de integrarse a una secta de la cual es muy difícil salir.
Luego entonces ¿en dónde poner nuestra atención? Asumo que en el mensaje. Desde luego es determinante confiar en ese/a asesor/a quien nos proporciona la información,
siempre que observemos congruencia, libertad, honestidad y bondad en él o ella, pero,
sobre todo, escuchar nuestra intuición que no es más que la voz del Creador en nuestro interior.
Por otro lado, creo que todos los mensajes de vida, han sido escuchados por seres que se han abierto a la oportunidad de conocer y saber acerca de esos poderes que cada un@ posee y que suele desconocer. Esa es la misión del mensajero, ser portador y transmisor de la Verdad con humildad y ejemplo, manteniéndose lo más lejos posible de la arrogancia espiritual.
Esta es una invitación a tratar de evitar la idealización hacia nuestros maestros, conservando el amor, la admiración, respeto, gratitud e incluso, pueden ser inspiración a emular, pero entendiendo que lo más valioso que nos dan, es el mensaje divino.
