Por Araceli López Méndez R.Sc.P.
araceli.lopez29@outlook.com
«El éxito no es la clave de la felicidad. La felicidad es la clave del éxito. Si amas lo que haces, serás exitoso.» – Albert Schweitzer
Seguramente tod@s, o prácticamente tod@s, hemos escuchado a alguien aconsejar tener un plan “B” en caso de que el plan “A” falle. Desde mi perspectiva, no soy partidaria de esa idea. El simple hecho de contemplar un plan alternativo implica, en cierto modo, anticipar un fracaso y, con ello, renunciar a nuestros sueños más auténticos y genuinos.
Estoy convencida de que, cuando un ser humano tiene un anhelo profundo, un propósito que lo llena de vida, que lo emociona solo con imaginarlo, no necesita un plan “B”. Si ese sueño enciende todos los sentidos, si pensar en él genera alegría, entusiasmo e incluso nos deja sin aliento de tanta emoción, entonces toda nuestra energía debe estar enfocada en ese único objetivo: el plan “A”.
¿Por qué desviar recursos, tiempo y enfoque en crear una alternativa que probablemente no se parezca en nada a nuestro deseo verdadero? Considerar otra opción solo alimenta la duda, ese lastre que frena, que enfría y que nos desconecta de nuestra verdad más pura.
Vivir con dudas e inseguridad sobre lo que nos da paz, gozo y plenitud, es como imaginar que el Creador tuvo un plan “B” por si fallábamos. Y no fue así. Fuimos cread@s en unidad, desde un amor inconmensurable y una aceptación absoluta, donde no caben los “peros” ni las vacilaciones.
Entonces, si lo que deseamos nace del corazón, si no daña ni nos daña, ¿por qué plantear una alternativa a lo que verdaderamente queremos? ¿Por qué vivir en dualidad?
La historia nos ha dejado grandes ejemplos de personas que apostaron todo a su plan
“A”:
- Jesús, con sus enseñanzas y milagros, nunca dudó en dejar una huella imborrable de amor en la humanidad.
- Buda jamás volvió a ser el príncipe de Kapilavastu.
- Edison persistió sin descanso hasta crear la bombilla.
- La Madre Teresa murió sirviendo.
- Gandhi, con una convicción inquebrantable, lideró pacíficamente la liberación de su pueblo.
Ninguno de ell@s contempló un plan alternativo. Su convicción fue total. Por eso creo que el verdadero trabajo interior consiste en persistir, en no claudicar ante las críticas o apariencias. Es avanzar a nuestro ritmo, puliendo el camino, haciendo ajustes, sí, pero sin cambiar el destino. Equivocarse no implica abandonar el sueño, sino aprender y seguir.
Para cerrar, es esencial recordar que el cuándo y el cómo no nos corresponden. Eso está en manos del Uno Único —Dios, el Universo, la Vida, como cada uno lo nombre—.
Pero de que el sueño se cumple… se cumple.
Afirmación: “Aquí y ahora, enfoco toda mi energía, mi consciencia, mi poder y mis talentos con total certeza, confianza y seguridad para obtener mi tan anhelado sueño de (aquí el objetivo) ______________________. Ahora suelto el control y me siento libre y en paz ¡Y Así Es!
