Echando un vistazo a… LA GRAN ESPERA
Araceli López Méndez R.Sc.P.
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Diciembre es el mes de La Gran Espera, es decir, el tiempo de adviento, período de preparación para la Navidad o Natividad.
Dentro del mundo cristiano, el Adviento es uno de los ciclos más significativos, pues rememora y prepara espiritualmente la llegada del nacimiento de Jesucristo, el Mesías, celebrado el 25 de diciembre. Etimológicamente, la palabra adviento proviene del latín adventus, que significa “llegada” o “venida”. Esta tradición religiosa, profundamente simbólica, se originó en la Edad Media y desde entonces se ha mantenido viva en la práctica de millones de creyentes alrededor del mundo.
El Adviento invita a los fieles a cultivar la esperanza, a prepararse interiormente y a mantenerse vigilantes mientras aguardan el nacimiento del Salvador. Este periodo comprende los cuatro domingos previos a la Navidad y suele representarse con una corona elaborada con ramas y follaje perenne, símbolo de la vida continua. La forma circular de la corona señala que Dios no tiene principio ni fin; es un recordatorio tangible de Su eternidad, de la inmortalidad del alma y de la vida eterna que Cristo vino a revelarnos. Sobre esta corona se colocan cinco velas: cuatro se encienden domingo a domingo y la quinta, conocida como la “vela de Cristo”, se prende en la Natividad.
Desde mi óptica, este ritual es profundamente hermoso y representa una oportunidad ideal para reunir anticipadamente a la familia y a los amigos, generar conexión y compartir la expectativa alegre del nacimiento de Jesús. Pero, además, considero que el Adviento es un espacio idóneo para la reflexión, la gratitud, el gozo y la renovación de la fe. Es un recordatorio de que la Luz siempre regresa, incluso en las noches más largas.
Sin embargo, también creo que el significado del Adviento puede acompañarnos cada día del año. Podemos vivir en constante consciencia de que Dios —o como cada uno Lo conciba— es Infinito, Perfecto y Eterno, sin principio ni final. Y así, inspirados por las enseñanzas del gran Maestro Jesús, estamos aquí para redescubrir nuestro poder interior, nuestra Unidad absoluta con el Creador y la verdad de que el Amor es aceptación total, sin juicio. El Adviento nos invita, finalmente, a emprender un viaje interno hacia nuestra propia consciencia crística: ese lugar profundo donde reconocemos que el Cristo habita en nosotros, esperando ser descubierto, expresado y vivido.
